Hoy comencé a ver el mundo de otro color. Sí, se que tiene muchos colores, pero hoy todo era diferente
-completamente diferente-.
Al ver al cielo entendí que no todas las nubes son blancas y el cielo no es azul por completo, a veces hay nubes grises que se quedan por un tiempo hasta volver a ese color que siempre notamos.
También logré ver que al final hay una montaña, pero si no te enfocas bien no la lograras ver.
Mientras te espero estoy aquí sentada al frente de mí casa fumándome un cigarrillo y tomándome un chocolate caliente
-esperando llegar a calentarme ya que tú nunca regresaras-,
puedo notar como a lo lejos está el sol alumbrando otro lugar, deberías estar aquí conmigo, no sabes lo hermoso que se llega a notar.
Escucho como cae en el techo cada gota de agua y recordé el día que te marchaste de esta casa, de nuestro cuarto
-ahora que es solo mío-.
Fue dura esa despedida, mis lágrimas caían por mis mejillas sin tener un rumbo fijo. No quería demostrar que valías mucho para mí, pero fue un intento fallido.
Ya casi había olvidado como era la lluvia hasta hoy, había olvidado el olor de tierra mojada que tanto me encanta
-te había olvidado a ti-.
Ya las gotas cesaron, y creo que estoy entendiendo de que se trata la vida o de que se trata esa frase tan cliché que todos dicen:
«Después de la tormenta siempre sale el sol».
A pesar de tú despedida ya aprendi a sonreír o mejor dicho: Ya alguien me enseño a sonreír de nuevo.
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